junio 30, 2011

Venerable Madre Laura



El pasado 27 de junio, SS. Benedicto XVI aprobó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes de la Sierva de Dios sor Laura Meozzi, primera misionera FMA en Polonia (1873-1951). Al cumplirse 60 años de su tránsito al cielo, Madre Laura es declarada Venerable. Cuando se compruebe la realización de un milagro por su intercesión, podrá llegar a ser beatificada.

Madre Laura (Firenze - Italia, 1873 - Pogrzebien - Polonia, 1951) estudió medicina en Roma, donde decidió su vocación como FMA en 1898. Desde entonces, trabajó principalmente en Sicilia hasta 1921, cuando fue elegida para coordinar al primer grupo de Hijas de María Auxiliadora en Polonia.

Madre Laura Meozzi es la pionera de la presencia de la FMA en Polonia, adonde llega en 1922.

Viviendo en pobreza extrema, Madre Laura abre casas para toda necesidad: hogares para los niños huérfanos y abandonados; escuelas y talleres para las jovencitas; para las postulantes, novicias, hermanas; para los refugiados, los perseguidos, los enfermos, los prófugos ... Madre Laura da consuelo a todos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, consciente del riesgo al que se enfrenta, decide permanecer en Polonia junto a las jóvenes hermanas. Junto a ellas, sufre la ocupación rusa y alemana, el cierre de las casas abiertas con grandes sacrificios, la deportación de algunas FMA a campos de concentración.

Madre Laura tenía un don especial de maternidad fuerte y dulce. Sabía acompañar con prudencia porque poseía el don de discernimiento de espíritus, de la escucha y el aliento. Después de la guerra, las FMA de Polonia tuvieron que abandonar los territorios convertidos en repúblicas soviéticas, y empezar todo de nuevo. Madre Laura logró reaperturar hasta 12 casas.

En Pogrzebien, en un viejo castillo donde los alemanes asesinaron mujeres y niños, renace el noviciado, la alegría, la sonrisa. Pero Madre Laura se siente cada vez más cansada. Asistida por las monjas y sostenida por las oraciones de todos, deja este mundo el 30 de agosto 1951.

Tomado del infoline Salesianas de Don Bosco:Madre Laura Meozzi declarada Venerable


junio 23, 2011

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo»


Tenemos el mensaje y la sugerencia homilética que el querido padre José María nos ha enviado para este domingo 26 de junio, fiesta del Corpus Christi!

El domingo pasado celebrabamos al Amor de Dios manifestado a lo largo de toda nuestra historia con la intervención de las tres personas de la Santísima Trinidad: en la constante acción creadora del Padre; en la incesante actividad redentora del Hijo, en Cristo, y en la perpetua obra santificadora del Espíritu Santo en el corazón humano y en la Comunidad Eclesial.

Obra que apareció patente a nuestros ojos, no siempre atentos a los signos del Amor de Dios, con la encarnación del Hijo de Dios por la voluntad explícita del Padre y la consagración del Espíritu Santo.

Es un Misterio de Amor que la Iglesia siempre está gozando, proclamando y profundizando en su meditación de la Palabra y en la celebración de los distintos sacramentos que, en cada uno de sus miembros, van haciéndose historia al "encarnar" este Amor de Dios, la concreta redención de Cristo y la santificación que el Espíritu obra en cada persona y se muestra en cada una de sus actitudes, que se traducen, por la docilidad, en magníficas obras, especialmente en aquellos que reconocemos como santos, es decir, personas que, al igual que Cristo, han aceptado ser colabradores obedientes a las mociones del Espíritu Santo.

Este domingo la celebración centra su antención en un partitular misterio muy propio del Amor del Padre que desea hacerse en nuestra historia el permanente "Dios-con-nosotros". Estamos hablando del sacramento de la Comunión en el Hijo por la fuerza del Espíritu Santo: la Eucaristía.

El Cuerpo y Sangre de Cristo, hechos alimento de los discípulos para que sean sus testigos en medio de los hombres, es la maravilla más profunda del Amor de Dios a favor de toda persona en la historia humana.

Ya no es solo la Palabra ofrecida a través de los muy diversos profetas a lo largo de toda la historia, siendo el mayor y más perfecto de ello Cristo; ya no es solo el don de la Vida del Hijo de Dios hecho hombre en la oblación de la Cruz. Todo esto, por obra del Espíritu en el Amor del Padre, se ha condensado y se ha hecho alimento en la persona del Hijo de Dios encarnado que se hace pan de vida y bebida de Salvación y Santificación a favor de toda la humanidad, a través de la Comunidad cristiana que acepta la plenitud de la propuesta redentora del Señor sin ninguna restricción ni manipulación.

La Eucaristía es el sacramento de la autenticidad y de la plenitud del discipulado. No se puede ser discípulo de Jesús a plenitud de docilidad al Espíritu Santo si se desprecia o manipula el don de la Eucaristía, que a todos nos llama al don de la propia vida y a dejarnos alimentar por la misma persona del Hijo de Dios encarnado, guiados por el Espíritu Santo.

El Bautismo nos integra en la Comunión Trinitaria y la Eucaristía nos une al Cuerpo de Cristo alimentando nuestra Fe para que vivamos en creciente plenitud la Misión que Él mismo nos confió como Comunidad en la que cada persona asume sus personales responsabilidades, pero desde la riqueza comunitaria para que el Reino de Dios se haga concreto en cada una de las personas de nuestra gran Comunidad humana, pues para eso el Padre envió al Hijo y éste nos regaló, desde el Padre, al Espíritu Santo.

Que la Madre del Señor nos ayude a vivir abiertos a tanta maravilla de Dios a favor nuestro para que cada uno de nosotros podamos ser colaboradores de Cristo en la Redención del mundo al vivir cada día más profundamente dóciles a las indicaciones del Espíritu del Padre y del Hijo.

Dios nos bendiga a todos y nos haga verdaderos creyentes eucarísticos, es decir, totalmente entregados para el bien de los que nos rodean, como Jesús nos enseñó con su vida y el Espíritu nos invita a vivir. María es la primera modelo y todos los santos le han seguido e imitado, apoyándose en su maternal animación.

También nosotros podemos...

Entreguemos la vida, aunque nos parezca pequeña, débil y pobre, al Padre en Cristo por el Espíritu: eso es ser eucarísticos.

Unidos en oración con María en el Corazón de Cristo para gloria del Padre:

P. José Mª Domènech SDB


«Yo soy el pan vivo bajado del cielo»

En nuestra vida la presencia de Dios es real y concreta, pero no siempre la percibimos porque o no tenemos todos los “sentidos” adiestrados para percibirlo o porque no estamos atentos. Quien vive distraído, centrado en otras cosas, no ve a Dios, aunque esté ahí. Esto trae muchas consecuencias personales, familiares y, por tanto, sociales. Muchos contemporáneos no vieron en Jesús la presencia de Dios; otros sí, se gozaron y nos lo transmitieron.

La presencia o es total o no es del todo real. ¿Cómo es la nuestra ante los que nos rodean y ante Dios? La de Dios es total y constantemente centrada en nosotros para llenarnos de Vida.

La presencia de Cristo entre nosotros es múltiple: en la Comunidad, su Cuerpo Místico; en la persona del sacerdote que preside la celebración de los sacramentos y predica; en la vida del creyente y, sobre todo, en la Eucaristía, entregado para el alimento de la Fe de la Iglesia.

Pero para que tanta cercanía y regalo del “Dios-con-nosotros” dé su fruto en nosotros, es indispensable que lo aceptemos, le escuchemos con docilidad y lo recibamos en nuestra vida.

Dios nunca abandona: es el ‘Dios-con-nosotros’ para saciar nuestra hambre y nuestra sed

El pueblo de Dios, si quiere vivir en la Vida de Dios, que supera todas sus posibilidades, debe reconocer, aceptar y vivir totalmente en libre apertura a Dios. Él es quien le alimenta.

Debemos descubrir que sólo atentos y dóciles a su Palabra, gozaremos el don de su Vida.

Comulgar del don Eucarístico de Dios en Cristo es hacerse un cuerpo con Él y asumir su Vida

‘Beber la sangre’ era tomar, para uno mismo, la vida de un ser y, por eso, la ley lo prohibía; pero es Jesús quien entrega y ofrece su vida para la Vida Eterna de todos nosotros. El cuerpo designaba toda la persona y Jesús se ofrece como alimento para que seamos uno con Él.

Los cristianos, en actitud de creyente y humilde obediencia, tomamos en serio la voluntad de entrega eucarística de Jesús y, comulgando, la hacemos nuestra, expresándolo con el claro y explícito “Amén”, y, con la fuerza del alimento del mismo Cristo, la vivimos para bien de todos.

Cristo es el verdadero Pan de Dios: alimento de Vida Eterna, real y concreto, como su persona

Cristo se entregó a sí mismo no sólo en la predicación, ni solo en la cruz, sino que quiso entregarse como pan verdadero para que tengamos Vida Eterna, su Vida, la del mismo Dios.

No es un símbolo, sino un sacramento: don real y concreto que hace realidad lo que dice hacer. “Es mi Cuerpo”… y lo empieza a ser; “es… mi Sangre”, y lo empieza a ser de verdad. Y en cada uno de ellos, está Él en persona, todo entero, mientras ‘se vean pan y vino’.

Pidamos a María aceptar, en la Eucaristía, al real y concreto Maestro-Señor que nos enseña y alimenta para que vivamos en Comunión y seamos, entre todos, como Él, su presencia.
Padre José María Domènech Corominas, sdb.


CICLO A – TIEMPO ORDINARIO - DOMINGO XIII
SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Dios nos alimenta con su Palabra de Amor y su presencia más concreta está en la Eucaristía para la Vida Eterna y la Comunión de todos

Dt. 8, 2-3.14b-16a:
"Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios te hizo recorrer por el desierto… Allí Él… te puso a prueba para conocer el fondo de tu corazón… te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná… para enseñarte que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No olvides al Señor que te hizo salir de Egipto… que, en esta tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te alimentó con el maná…"

Sal. 147: "Glorifica al Señor, Jerusalén".

1Cor. 10, 16-17:
"La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de este único pan".

Jn. 6, 51-58: "Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Los judíos discutían… Jesús siguió diciendo: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él. Así como Yo… vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por Mí…".




junio 16, 2011

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único»


Tenemos el mensaje y la sugerencia homilética que el querido padre José María nos ha enviado para este domingo 19 de junio.

Retomamos el Tiempo Ordinario, que alguno podría pensar como el tiempo de la monotonía, de la vida sin aliciente, pero con la presencia de la Comunión Trinitaria.

Pero no es cierto. Si estamos con el Dios Uno y Trino, no hay posibilidad de monotonía, todo nuestro tiempo se convierte en el tiempo de la perpetua sorpresa, pues Dios siempre es sorprendente. Cada dia te pide algo que no pensabas: '¿podrás asumir el reto que te propongo al tener que tratar a esta persona que tanto te cuesta soportar o perdonar o acompañar o estimular?'; '¿te atreves a vivir con los criterios de tu Redentor en este ambiente nada sencillo?'; '¿vas a luchar para no dejarte ganar por la vagancia o la tristeza o la desesperación o el aburrimiento o el fastidio o el cansancia o las malas costumbres o el miedo a quedar mal?'

Dios, el Uno y Trino, nunca nos abandona; nunca nos deja... "en paz": como buen entrenador, siempre nos lanza nuevos retos porque nos quiere grandes, muy grandes, ¡como Él! Y para esto se necesita mucho ejercicio y entrenamiento cotidiano y cada vez a mayor profundidad; y todo esto exige mucha 'alimetación santa', 'estudio profundo' e intimidad con el Maestro de Vida Eterna, ésta que no viene después, sino que es necesario, si la queremos gozar para siempre, aprender a vivirla cada vez mejor aquí, en esta segunda etapa de nuestra vida tan compleja, en la etapa de la definición y responsabilidad de las decisiones que se toman, aun cuando no todas resulten como pensábamos o deseábamos.

Lo único monótono que tiene el "Tiempo Ordinario" es que, en cada Eucaristía, somos invitados, sin oropeles ni 'fiesta', a ser más y a caminar tras las huellas de Jesús en el desarrollo silencioso de todos los días. Es el tiempo del crecimiento a cada vez mayor profundidad, de personalizar la Fe sin bombos ni platillos, sin celebrarla a lo grande, pero con la Resurrección de fondo, sí, como un horizonte exigente y nunca todavía alcanzado aquí, de modo que, si nos despistamos, hasta podemos perderla de vista y así se nos irá borrando este horizonte y ya no sabremos qué significa de verdad ser cristiano y pasaremos a ser uno más y hasta más vacío que los demás. Es el tiempo en el que se nos invita a vivir a mayor intensidad y profundidad la Fe para no perder el ritmo, el gusto y el gozo que transmite Vida Nueva en este mundo tan viejo.

Dios, todo Él, nos acompaña cada día, pero debemos estar atentos y cerca para vivirlo y poderlo comunicar a todos, iniciando por los hermanos, que son los más difíciles de convencer. Él siempre está para salvarnos, si lo aceptamos, pues la Salvación que fuera obligada sería cadena que mata la alegría y, sin alegría y paz interior, no hay Vida Eterna, no hay Dios real, vivo y presente.

Que María nos ayude a vivir en su actitud de apertura que engendra la Palabra en el propio interior para darla a los hermanos.

Dios les bendiga.

Unidos en oración con María, en el Corazón de Cristo Jesús:

P. José Mª Domènech SDB

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único»

Dios merece toda la gloria y honor, pues sólo Él, en persona, nos ama hasta crearnos personalmente, sin excepción, para que seamos sus hijos; es nuestro redentor personal para que vivamos su Vida y a cada uno santifica para que gocemos su Amor en creciente plenitud.

Podemos estar seguros: el Amor le ha llevado a entregarse y a quedarse con nosotros.

No busca poder, pues lo tiene todo; busca, más bien, que seamos libres y grandes como Él, sin ataduras entorpecedoras: ¡para eso nos creó! y necesitamos todo su poder para ser personas abiertas al hermano, libres, exitosas y felices. Por eso Moisés pide a Dios que les acompañe en el camino y, para eso, Jesús se queda como Eucaristía y nos envía al Espíritu Santo.

El mismo Jesús, el Hijo Único de Dios encarnado, es nuestra Salvación. Ésta no es algo diferente a Él, sino su persona, por eso es vital creer en Él: Él es el camino de la máxima grandeza humana. ¡Qué lástima que andemos tan engañados y condenados a una búsqueda tan desconcertante, dura y dolorosa por sus escasos y decepcionantes frutos! Para ayudarnos Dios, el Padre, envió a su Hijo, que es el único que lo conoce pues, de su misma naturaleza, vive con Él.

Fe es confianza obediente: aceptar la persona de Jesús y sus propuestas, caminar, construyendo Comunión con los otros creyentes, tras las huellas de Jesús, cada uno a su paso y con su carga, sí, pero siempre tras las huellas de Jesús: según Él nos indique y con las mediaciones que Él señale, aunque no siempre las entendamos demasiado y hasta no nos agraden mucho.

Dios está a nuestro favor; aunque débiles, basta abrirnos con oración sincera y comprometida

Es el Señor quien, en su Amor Eterno, nos llama, sin cansarse, para compartir sus dones. Él nos invita sin fin a ser tan señores de nosotros mismos, que aceptemos dar la vida a otros; Él se nos ofrece incesantemente para llenarnos de su Sabiduría, Paz y Felicidad inalterables.

Nos toca responder. Él no puede hacer más. Obligarnos sería anular la alegría de nuestra vida. Toda idolatría nos esclaviza, nos da infelicidad y paraliza nuestro real desarrollo integral.

El perdón y la paz son signos de la presencia de Dios entre nosotros, nos toca aprender a vivir

La armonía y apoyo entre los miembros de la Comunidad cristiana, que es, por sí misma, universal, es decir, católica, muestra la presencia del Amor del Padre, la Gracia salvadora del Hijo, que nos ayuda a liberarnos del egoísmo, y la Comunión de Vida del Espíritu Santo.

Los problemas siempre estarán; se trata de superarlos como miembros de la familia de Dios. Dios también está siempre; con Él podemos superarlo todo, si, atentos, le somos dóciles.

Dios lo da todo por nosotros, pero no puede hacer lo que a nosotros corresponde: aceptarle.

Como Abraham, a pedido de Dios, entregó a su único hijo, así el Padre-Dios, ante la necesidad del hombre, entrega a su Hijo Unigénito para salvar a todos. Nunca para condenar.

Cada persona deberá aceptar la Salvación que viene del Padre por Hijo Único, el amado.

Pidamos a María docilidad al Espíritu y vivir la salvación del Padre por el Hijo, el Cristo.
Padre José María Domènech Corominas, sdb.

CICLO A – TIEMPO ORDINARIO - DOMINGO XII
SANTÍSIMA TRINIDAD
La fidelidad de Dios es eterna y Él está siempre con nosotros, a pesar de nuestra terquedad: nos toca a nosotros vivir en su Paz y Amor


Ex 34, 4b-6.8-9:
"Moisés subió al Sinaí, como el Señor se lo había ordenado,… el Señor descendió en la nube y permaneció allí… El Señor pasó delante de él exclamando: «Yo soy el Señor: Dios clemente y compasivo, lento para castigar y generoso en amor y fidelidad». Moisés se postró diciendo: «…dígnate, Señor, acompañarnos. Es verdad que éste es un pueblo obstinado, pero perdona… y conviértenos en tu herencia»."

Dn. 3, 52-56: "A Ti, eternamente, gloria y honor".

2Cor. 13, 11-13:
"Alégrense y trabajen por alcanzar la perfección; anímense unos a otros; vivan en armonía y en paz. Entonces el Dios del Amor y de la Paz permanecerá con Uds…. La gracia del Señor Jesucristo; el Amor de Dios Padre y la Comunión del Espíritu Santo estén con todos Uds. constantemente".

Jn. 3, 16-18: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga Vida Eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios".