noviembre 16, 2012

"Protégeme, Dios mío, porque me refugio en Ti"

Tenemos la sugerencia homilética que el querido padre José María nos ha enviado para este domingo 18 de noviembre.

"Protégeme, Dios mío, porque me refugio en Ti"
¿Cómo acabará nuestro mundo? Con el triunfo de Cristo en todo el universo y, con Él, el triunfo de los justos, que vivieron y enseñaron a vivir en la santidad y misericordia de Dios, construyeron la paz y animaron todo lo que sea vida y dignidad personal y social. La perversión y la muerte serán aniquiladas.

Los poderes prepotentes, significados, en el gran escenario que presenta el evangelio, por el sol, la luna, los astros y las estrellas, tienen las de perder, aunque ahora parezcan muy fuertes, grandes y valiosos.

La venida gloriosa del Hijo del hombre es imagen del triunfo de Cristo, tanto en la persona de Jesús, como en la de su Iglesia, entendiendo por ésta como la Comunidad que acepta la salvación del Señor y le alaba con sus obras y su docilidad a la Voluntad del Padre y la acción del Espíritu Santo, más allá de cualquier confesión religiosa, siempre limitante –en la mentalidad de la mayoría– y limitada por su estructura, que, por otro lado, es necesaria, mientras vivimos en esta realidad temporal-material.

La muerte le llega a todos, éste es nuestro personal ‘fin del mundo’. Si hemos vivido construyendo nuestras actitudes para vivir en la justicia de Dios a favor de los más débiles, el final será feliz.

Cristo mismo, con el don –de efecto constante– de su vida, nos santifica para la gloria y Vida eterna.

El final de la historia está en la resurrección, no en la muerte, pero todos asumirán su responsabilidad.

El pueblo es perseguido, pero muchos judíos se mantienen fieles a la Voluntad de Dios. Daniel testifica, en nombre de Dios, que el final no es el polvo de la muerte, sino la gloria de la resurrección.

Los que sean fieles no se verán decepcionados jamás; los que vivan según sus criterios y el poder, abandonando la voz de Dios –que siempre nos está orientando–, vivirán en su terrible fracaso eterno.

Si nos mantenemos unidos al sacrificio de Cristo, éste nos da la segura confianza de nuestra salvación

Jesucristo dio su vida por nosotros de una vez para siempre. Así, si le aceptamos, nos libera de todo pecado. ¡No volvamos a someternos al poder del mal! Es nuestra decisión, pues la salvación es ya real.

La sangre de Cristo, el don de su vida para el bien de todos, se hace Vida nuestra, si aceptamos la lucha por ser cada día más fieles, como el Maestro constantemente nos enseña, a la Voluntad del Padre.

Esto lo celebramos en cada Eucaristía: sacrificio de Cristo, Magisterio de la Palabra, decisión nuestra.

Confiemos, el triunfo es seguro, basta aceptar y vivir al Señor y fiarse de la Voluntad del Padre cada día

No pensemos en el cómo ni cuándo será; hay algo más importante: ¡a qué hay que prestar atención!

El final llegará, pero el éxito del mismo está solo en nuestras manos, no en las circunstancias. ¡Estemos atentos a lo que la Palabra nos dice constantemente! Puesto que ésta no pasará, ¡no se dice en vano!

El mal no triunfará jamás, aunque, por momentos, cante himnos de victoria. Dios es la Vida y la Vida jamás podrá ser enterrada: ¡resurge nueva!; acaba rompiendo todas las losas que pretenden aplastarla.

Mantengámonos concreta y realmente unidos al Señor, viviendo sus dones y también en nosotros triunfará la vida, aunque parezca que nuestros defectos y errores nos ganan. ¡Cristo es nuestra victoria!

Pidamos a María vivir más y más unidos al Señor de la Vida para llenarnos de Fe, Caridad y Alegría.
Padre José María Domènech Corominas, sdb.


CICLO B – TIEMPO ORDINARIO – DOMINGO XXXIII

Los errores e idolatrías que aplastan nuestro mundo llegarán a su fin, lo único que triunfará para siempre es el bien, la verdad y la justicia en el Amor

Dn. 12, 1-3:
"En aquel tiempo, se alzará Miguel, el gran Príncipe, que está de pie junto a los hijos de tu pueblo... En aquél tiempo, será liberado tu pueblo: todo el que se encuentra inscrito en el Libro. Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento despertarán, unos para la vida eterna y otros para... el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán... y los que han enseñado la justicia brillarán como las estrellas por los siglos de los siglos".

Salmo 155.8-11: "Protégeme, Dios mío, porque me refugio en Ti".

Hb. 10, 11-14.18:
"...Cristo..., después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, se sentó para siempre a la derecha de Dios, donde espera que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies. Y así, mediante una sola oblación, Él ha perfeccionado para siempre a los que santifica. Y si los pecados están perdonados, ya no hay necesidad de ofrecer por ellos ninguna oblación".

Mc. 13, 24-32: "Jesús dijo a sus discípulos: «En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán... y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a sus ángeles para congregar a sus elegidos, desde los cuatro puntos cardinales... Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan sus hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano... Cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras
no pasarán. En cuanto al día y la hora nadie los conoce... ni el Hijo, nadie sino sólo el Padre»."




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