marzo 06, 2011

"Señor, sé mi roca protectora"

La Palabra es muy clara: la ley solo señala dónde estaría la presencia del pecado, nos dice Pablo.

La Salvación nos viene por la Fe en Cristo, que nos redimió por el don de su vida en la muy concreta oblación cruenta y dolorosa de la cruz. Es de lo que Pablo se gloría.

El Amor de Dios se hizo historia concreta, presencia visible, Palabra que resuena sin cesar a lo largo del tiempo y Alimento que siempre acompaña a su Pueblo Universal.

Cristo nos salvo, por Voluntad del Padre, con la obra de la Redención que no fue "Fe, sin obras" sino la obra máxima de su radical Confianza en el Padre (Fe hecha historia cotidiana y clara obediencia sincera, expresada en obras muy concretas y, para Él, extremadamente dolorosas hasta el punto de aterrarlo en el huerto de los olivos). La Fe de Jesús fue 'vista' y objeto de burla.

Sin humildad -que no se ve si no es en las actitudes, que cuajan en obras y relaciones- no es posible la vida de Fe, que acepta y pone por obra la Palabra de Dios.

La soberbia siempre ha sido la gran enemiga de la Fe cristiana, que pide escucha atenta, docilidad concreta e integración sincera en la concreta e histórica Voluntad de Dios, que se expresa, de ordinario, a través de mediaciones muy humanas y, por tanto, limitadas y hasta con actitudes y decisiones criticables...

Creer en Cristo nunca ha sido -y nunca lo será- fácil, como para Él no fue fácil "alimentarse de la Voluntad de su Padre y llevar a cabo su obra".

La dignidad humana no está en las obras, sino en su interior, pero éstas la expresan y concretan.

La Fe no está en las obras, sino en la sincera apertura del corazón a la Voluntad de Dios, y esto sólo lo podemos expresar históricamente a través de obras, como lo hizo Jesús.

La parábola de Jesús nos invita a no ser superficiales y a no hacer la tontería de fiarnos de puras palabras: "Señor, Señor, yo creo en ti"

Si creemos, vivamos en la Voluntad del Padre como Cristo, con obras de todo tipo que ayuden a los que nos rodean a percibir la gradeza de su dignidad y a vivir según la misma desde lo más profundo de su vida y en actitudes y situaciones que manifiesten su ser realmente hijos de Dios.

El Señor nos ayude a vivir despiertos y concretos cada día para no engañarnos en una fe que no sirve de nada y ni siquiera nos lleva a ser mejores personas.

María nos acompaña en esta última semana de la primera parte del tiempo ordinario, pues el próximo comentario ya será referente al primer domingo de Cuaresma.

Vivamos con toda profundidad, el miércoles de ceniza, nuestro inicio de la cuaresma.
Dios les bendiga.

Unidos en oración con María, nuestra Madre Auxiliadora:

P. José Mª Domènech SDB


"Señor, sé mi roca protectora"

¡Cuántas veces nos interesamos más en ‘portarnos bien’ que en ser honestos en nuestro interior y vivir bien! Si se da lo segundo, de ordinario, aparecerá también lo primero, pero no es cierto lo contrario: no siempre quien se porta bien es honesto y vive bien en su interior.

Jesús nos pide la decisión interior de docilidad ante lo que Él mismo nos propone cada día. No se trata de cumplir, sino de vivir, de ser, de afianzar en el Señor la propia interioridad y poner en Él las bases de nuestra persona y la razón de nuestras cotidianas decisiones concretas.

En ello nos va la paz de nuestra vida y el futuro de nuestras personas y sociedad.

La obra de Dios respecto a nosotros es, toda ella, llevarnos a la grandeza de su Amor con el don oblativo de su propia vida en Cristo Jesús. Pero esto no basta, aunque es base indispensable, es absolutamente necesario que, personalmente y cada día, decidamos ser dóciles a lo que el Señor Dios nos propone. No basta escucharlo, y aprobarlo; hay que vivirlo desde el fondo de la propia vida, tal vez con muchos límites y defectos, pero con sincera seriedad.

La salvación de Dios es segura, pero exige, pues somos libres, ser vivida personalmente.

La vida y sus decisiones deciden el futuro; las palabras, sentimientos y deseos son solo eso.

Israel encontró la ley en las ruinas del templo, al ir a reconstruirlo, y se dio cuenta cabal de sus duros y humillantes errores. Muchos ritos y expresiones de alabanza, pero las decisiones de sus reyes y gobernantes, de sus jefes y cabezas de familia no seguían la ley: ¡y vino la derrota!

Si no se conoce ni se obedece al Señor, que se manifiesta en su ley, viene la destrucción.

El pueblo elegido debe recordarlo constantemente, por eso se leía la ley en cada liturgia.

Sin duda Cristo nos redimió con su vida; pero las obras muestran nuestra Fe en Él y su Vida

Es verdad que ni la ley ni sus obras pueden merecernos la salvación. Sólo Jesucristo, con el don de su vida, nos la regala de parte de Dios, porque Dios es Padre y nos perdona porque nos ama. La ley sólo nos señala cuál es nuestro pecado, nada más, no tiene otro poder.

Cristo, para redimirnos, quiso un cuerpo y se entregó en oblación; así el creyente en Cristo expresará, en las decisiones de su vida, que acepta vivir en Cristo y según sus actitudes. De esa Fe nacen sus obras, y son las obras de la Fe y, por eso, le llevan a la Salvación de Cristo.

No debemos dejarnos engañar por ninguna estructura religiosa aparentemente cristiana: ser cristiano no se define por portarse bien, sino por centrarse en Cristo y vivir, según sus criterios, la Voluntad del Padre, que nos exalta y nos redime de toda esclavitud, interior o exterior.

El Señor Jesús nos pide honestidad: es necesario poner por obra lo que decimos creer

Jesús nos exhorta a poner en práctica nuestra Fe. Si decimos creer en Él, es decir, ser cristianos, debemos escuchar con constancia su Palabra, en la Comunidad a la que ha sido confiada [para que la transmita con la vida, la celebración de sus signos de Amor y de viva voz en todos los escenarios posibles], y la transforme en obras concretas, fruto y signo de su Fe.

Escuchar a Jesús es escuchar a Dios; y escuchar a los pastores que Él ha puesto como animadores de su Comunidad es escuchar al mismo Cristo. Así lo dijo Él mismo. Negarse a poner en práctica su Palabra es, según Jesús, ser obradores de iniquidad y quedar condenados.

Pidamos a María vivir como ella: en total docilidad, concreta e histórica, a la Palabra.
Padre José María Domènech Corominas, sdb.

CICLO A – TIEMPO ORDINARIO - DOMINGO IX
El ser humano se define no por portarse bien o no, sino por su dócil apertura a las invitaciones de Dios, nuestro Padre, que nos habla hoy


Dt. 11, 18.26-28.32:
"Graben estas palabras en lo más profundo de su corazón… Yo pongo ante ti una bendición y una maldición… Cumplan fielmente todos los preceptos y leyes que hoy les impongo".

Sal. 30: "Señor, sé mi roca protectora".

Rm. 3, 20-25a.28:
"A los ojos de Dios nadie será justificado por las obras de la Ley, ya que ésta se limita a hacernos conocer el pecado… Pero ahora… se ha manifestado… la justicia de Dios por la Fe en Jesucristo… son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús… por su propia sangre, gracias a la Fe…".

Mt. 7, 21-27: "No son los que dicen ‘Señor, Señor’, los que entran en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la Voluntad de mi Padre, que está en el cielo… Yo les diré: ‘Jamás les conocí; apártense de Mí, ustedes, los que hacen el mal’…"

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