septiembre 05, 2007

Centenario de Teresa


El 3 de setiembre conmemoramos el centenario del tránsito al cielo de la Venerable Sor Teresa Valsé Pantellini, "la educadora que hizo de su vida un regalo para la juventud más pobre". En Roma, los festejos se iniciaron con la solemne eucaristía en la Basílica del Sacro Cuore, que Teresa frecuentaba de jovencita, y donde precisamente recibió la primera llamada: "vieni". Les invito a conocer y/o profundizar en la vida de esta joven religiosa que fue "un foco de amor a Dios y a las almas". A continuación, testimonios de oratorianas que la conocieron, extraídos por Sor Maria Pia Giudici de la biografía de Sor Teresa (Ferdinando Maccono), de los escritos que dejó, y de las deposiciones de los procesos para la causa de su beatificación.

El coro de las fidelísimas

Yo tenía 16 años. La desventura golpeó a mi familia. Primero fueron reveses de fortuna, después la pérdida de mi padre y de mi hermana.

Caí en el desconsuelo más negro y pensé en el suicidio. Pero sobre mí velaba un ángel: Sor Teresa.

Por sus oraciones y su oportuna intervención fui salvada.

A.B.

Yo era planchadora. Tenía entonces 22 años. Me había dejado llevar por malas compañías y vivía entre la exaltación y los remordimientos.

De confesarme no quería saber absolutamente nada. Pero amaba a Sor Teresa, que me trataba con tanta amorevolezza*.

Y ella me hablaba de la belleza del cielo, de la misericordia de Dios.

Tanto hizo y dijo que al final me rendí.

Me confesé y fue como nacer de nuevo.

Desde entonces mi vida fue completamente diferente.

R.M.


He conocido a Sor Teresa el último año que pasó en la Lungara* (Oratorio para jovencitas trabajadoras que tenían las FMA en Via della Lungara, Roma).

Me quería mucho. He jugado tanto con ella.

Cuánta bondad he visto en ella!

Hacía de todo por vernos alegres.

Para jugar con nosotras, la he visto hacer esfuerzos, porque era muy sufrida.

A veces la directora la reprendía porque había estado mucho tiempo con nosotras. Ella bajaba la cabeza sonriendo y se iba, pero se veía que sentía pena de dejarnos.

Entonces nosotras la acompañábamos hasta la puerta, no podíamos despegarnos de ella y nos sentíamos afortunadas si lográbamos tomarle la mano y besársela.

E.L.

Sor Maria Pia Giudici, fma Faville, seconda edizione 1983






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